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14 julio 2014

Carta a una estrella (¡Ahí va eso!)

Hola,

Heme aquí, después de leerte un poquito. Como tú, supongo que las cosas pasan. Yo sí creo que pasan haciendo caminos, caminos sobre la mar. Y ahí vamos, dentro del cosmos universal y del propio, caminando. No se es el mismo a cada paso, pero no dejamos de ser lo que vamos siendo, en ese ir siendo, somos cúmulo de segundos, de instantes, de horas que ya parecen segundos, de imágenes, de personas. Los caminos se entrelazan, toman miles de direcciones; las que quisieramos, las que no quisieramos, las que esperamos, las que no son nuestra responsabilidad y las que sí lo son, pero sobre todas vamos, equivocándonos, acertando, y siempre como la Justicia... ciegos. Ni el futuro más certero lo es del todo. Todo tiene al menos un 0.00001% de probabilidad de que no pase. ¡Bendita ciencia! Lo único que nos deja es la certeza de que todo puede estar mal, de que el mundo que conocemos (si es que acaso conocemos) en un parpadeo puede dejar de existir para transformarse en uno mejor o peor. Ayer existían las casseteras portátiles, hoy existen aparatos, también móviles, que pueden almacenar la información de millones de cassetes, te dicen si lloverá más tarde, te avisan sobre tus compromisos, te hacen prestarles más atención que a la persona de enfrente y además, te dice que acaba de ganar Alemania el mundial del fut... (que eso pasó ayer, es decir, es información pasada de moda, lo mismo que el paréntesis que cierra).

Los caminos que hacemos hoy, muchos ni son de piedra, sino de ceros y unos (00101010101), no se sienten, ni se ven a veces, pero existen, y si la ciencia dice que son buenos, entonces usémoslos. Como sea, de algo tienen que servir.

Al menos pueden servir para enviarte un saludo afectuoso donde quiera que andes. 

¡Ahí va eso!

21 febrero 2014

Que no sea el último beso.

Que no sea el último beso
ni la última noche
ni el último viaje
ni la última búsqueda de un regalo
ni el último humo compartido
ni el último nos vemos.

Que no sea...
Que no sea...

06 febrero 2012

El clis de sol

Llegó mi madre con un texto en mano, que leí y ahora comparto:

El clis de sol

Manuel González Magón, Costa Rica 1866-1936 

¿1896?

 
No es cuento, es una historia que sale de mi pluma como ha ido brotando de los labios de ñor Cornelio Cacheda, que es un buen amigo de tantos como tengo por esos campos de Dios. Me la refirió hará cinco meses, y tanto me sorprendió la maravilla el no comunicarla para que los sabios y los observadores estudien el caso con el detenimiento que se merece.
Podría tal vez entrar en un análisis serio del asunto, pero me reservo para cuando haya oído las opiniones de mis lectores. Va, pues, monda y lironda, la consabida maravilla.
Nor Cornelio vino a verme y trajo consigo un par de niñas de dos años y medio de edad, como nacidas de una sola "camada" como él dice, llamadas María de los Dolores y María del Pilar, ambas rubias como una espiga, blancas y rosadas como durazno maduro y lindas como si fueran "imágenes", según la expresión de ñor Cornelio. Contrastaban la belleza infantil de las gemelas con la sincera incorrección de los rasgos fisionómicos de ñor Cornelio, feo si los hay, moreno subido y tosco hasta lo sucio de las uñas y lo rajado de los talones. Naturalmente se me ocurrió en el acto preguntarle por el progenitor feliz de aquel par de boquirrubias. El viejo se chilló de orgullo, retorció la jetaza de pejibaye rayado, se limpió las babas con el revés de la peluda mano y contestó:
-¡Pos yo soy el tata, más que sea feo el decilo! No se parecen a yo, pero es que la mama no es tan pior, y pal gran poder de mi Dios no hay nada imposible.
-Pero dígame, ñor Cornelio, ¿su mujer es rubia, o alguno de los abuelos era así como las chiquitas?
-No, señor; en toda la familia no ha habido ninguno gato ni canelo; todos hemos sido acholaos.
-Y entonces, ¿cómo se explica usted que las niñas hayan nacido con ese pelo y esos colores?
El viejo soltó una estrepitosa carcajada, se enjarró y me lanzó una mirada de soberano desdén.
-¿De qué se ríe, ñor Cornelio?
-¿Pos no había de rirme, don Magón, cuando veo que un probe inorante como yo, un campiruso pion, sabe más que un hombre como usté que todos dicen qu'es tan sabido, tan leído y que hasta hace leyes onde el Presidente con los menistros?
-A ver, explíqueme eso.
-Hora verá lo que jue.
Nor Cornelio sacó de las alforjas un buen pedazo de sobado, dio un trozo a cada chiquilla, arrimó un taburete, en el que se dejó caer satisfecho de su próximo triunfo, se sonó estrepitosamente las narices, tapando cada una de las ventanas con el índice respectivo, restregó con la planta de la pataza derecha limpiando el piso, se enjugó con el revés de la chaqueta y principió su explicación en estos términos:
-Usté sabe que hora en marzo hizo tres años que hubo un clis de sol en que se oscureció el sol en todo el medio; bueno, pues, como unos veinte días antes Lina, mi mujer, salió habelitada de esas chiquillas. Dende ese entonces le cogió un desasosiego tan grande que aquello era cajeta: no había cómo atajala, se salía de la casa de día y de noche, siempre ispiando pal cielo; se iba al solar, a la quebrada, al charralillo del cerco, y siempre con aquel capricho y aquel mal que no había descanso ni más remedio que dejala a gusto. Ella había sido siempre muy antojada en todos los partos. Vea, cuando nació el mayor jue lo mesmo; con que una noche me dispertó tarde de la noche y m'hizo ir a buscarle cojoyos de cirgüelo macho. Pior era que juera a nacer la criatura con la boca abierta. Le truje los cojoyos; endespués otros antojos, pero nunca la llegué a ver tan desasosegada como con estas chiquitas. Pos hora verá, como l'iba diciendo, le cogió por ver pal cielo día y noche, y el día del clis de sol, qu'estaba yo en la montaña apiando un palo pa un eleje, es qu'estuvo ispiando el sol en el breñalillo del cerco dende buena mañana.
Pa no cansalo con el cuento, así siguió hasta que nacieron las muchachitas estas. No le niego que a yo se m'hizo cuesta arriba el velas tan canelas y tan gatas, pero dende entonces parece que hubieran traído la bendición de Dios. La mestra me las quiere y les cuece la ropa, el Político les da sus cincos, el Cura me las pide pa paralas con naguas de puros linoses y antejuelas en el altar pal Corpus y, pa los días de la Semana Santa, las sacan en la procesión arrimadas al Nazareno y al Santo Sepulcro; pa la Nochebuena las mudan con muy bonitos vestidos y las ponen en el portal junto a las Tres Divinas. Y todos los costos son de bolsa de los mantenedores, y siempre les dan su medio escudo, gu bien su papel de a peso gu otra buena regalía. ¡Bendito sea mi Dios que las jue a sacar pa su servicio de un tata tan feo como yo...! Lina hasta que está culeca con sus chiquillas, y dionde que aguanta que no se las alabancén. Ya ha tenido sus buenos pleitos con curtidas del vecindario por las malvadas gatas.
Interrumpí a ñor Cornelio temeroso de que el panegírico no tuviera fin, y lo hice volver al carril abandonado.
-Bien, ¿pero idiái?
-¿Idiái qué? ¿Pos no ve que jue por haber ispiao la mama el clis de sol por lo que son canelas? ¿Usté no sabía eso?
-No lo sabía, y me sorprende que usted lo hubiera adivinado sin tener ninguna instrucción.
-Pa qué engañalo, don Magón. Yo no juí el que adevinó el busiles. ¿Usté conoce a un mestro italiano que hizo la torre de la iglesia de la villa: un hombre gato, pelo colorao, muy blanco y muy macizo que come en casa dende hace cuatro años?
-No, ñor Cornelio.
-Pos él jue el que m'explicó la cosa del clis de sol.

03 junio 2010

La foto mágica I

I

Noté que en el fondo de la caja de las fotografías había una en blanco, la tomé y al acercarla a mis ojos, observé que una figura de un árbol se dibujaba, alrededor del ´árbol había unos niños al parecer jugando con una pelota y un hombre pasaba en tercer plano paseando a su perro. Creí que mis ojos me hacían una mala jugada y que en alguna ocasión había tomado esa fotografía.

En la tarde me gusta ver la televisión mientras como, para eso instalé un pequeño televisor junto al comedor. Vivo solo, así que el ruido de la televisión me hace compañía. Comenzaban las noticias de la tarde, el conductor da una nota de esas que no le hacen daño al mundo, es más, te sacan una sonrisa. La nota trataba de la inauguración de un parque a unos diez minutos de mi colonia, pasaban imágenes del delegado inaugurando el lugar rodeado de un montón de lambiscones y de gente que aplaudía y gritaba. Mi sorpresa llegó cuando en un acercamiento, observé la imagen del árbol, los niños jugando y el hombre con su perro. Dejé mi cuchara a medio camino del plato a mi boca, deje de escuchar al reportero de la televisión, un pequeño viento movió las cortinas de la ventana de la cocina, no parpadeé y mi corazón se aceleró tremendamente. Como he dicho antes, me quedé absorto y corrí hacía la caja de las fotografías para encontrar aquella en blanco que se había transformado.

Mi sorpresa fue aún mayor al encontrar de nuevo una fotografía en blanco. La tomé y al acercarla a mis ojos para observar claramente, pude notar que de nuevo comenzaban a mostrarse una mezcla de colores que tomaba formas específicas, en esta ocasión apareció la imagen de una tienda que está en contra esquina de mi calle y que puedo ver desde mi departamento, también se veía en una esquina un montón de vidrios rotos sobre el pavimento.

Corrí hacía la ventana y noté que tenía la misma perspectiva de la foto desde mi ventana, era como si mi mirada se hubiera plasmado en el papel. Busqué con mi mirada vidrios rotos sobre el pavimento pero no distinguí nada. Me quedé unos cinco minutos contemplando la imagen en la mano y la realidad en mis ojos, si es que algo real pasaba ante mis ojos.

Cuando caminé de regreso al comedor, un poco más tranquilo pero todavía bastante extrañado por la situación, estaba a punto de sentarme cuando escuché un golpe muy fuerte: un choque de autos cercano. Rápidamente me asomé por la ventana (de nuevo) al igual que los vecinos y la gente de abajo corría a ver qué había pasado. Desde mi ventana, por fin observé pedazos de vidrio sobre el pavimento. Comprendí que había pasado un accidente y que seguramente esos fragmentos eran de alguna ventanilla de un auto.

Bajé rápidamente las escaleras del edificio y en menos de dos minutos ya me encontraba prácticamente en la esquina. Escuché llantos y gritos de dolor. Un hombre intentaba hacer reaccionar a una mujer que estaba en el piso tirada, sangrando ligeramente de la cabeza. Dentro del auto, los fierros retorcidos apretujaban las piernas de la conductora de una camioneta, involucrada en el accidente. Me acerqué a donde los vidrios que podía distinguir desde mi ventana, mismos que estaban enfrente de la camioneta, y pude observar que algunos estaban pintados de sangre; volteé la cabeza a mi derecha y pude ver a una niña sobre el pavimento, con el cuello y el brazo rotos y una fractura en el cráneo mortal. Miré a la conductora y ella me miró directo a los ojos; me quedé helado ante tal mirada y silencio, había parado de gritar, yo no dije ni hice nada, me quedé ahí como tonto (uno no sabe qué hacer en una situación así). Creo que entendió mi silencio y mi falta de expresión porque después de unos segundos comenzó a gritar con más fuerza y terror. Todo pareció enmudecer de pronto a pesar de estar con toda su fuerza el grito de aquella mujer, creo que a todos nos empezó a salir un sudor frío por todo el cuerpo y aquél que intentaba reanimar a otra persona detuvo también sus primeros auxilios por unos segundos. Era el dolor del mundo aquél que sentía la aprisionada conductora.